marzo 19, 2008

Fantasía de un hombre alcoholizado


Manuel Soto




Les voy a hablar de Diego Peñaloza. Diego Peñaloza era un “curadito” de esos que probablemente a ustedes les haya pedido dinero con mucho respeto para poder comer, y como ya nadie cree en eso, nadie le dio ni cien pesos. Una noche él estaba en plena calle Rafael Casanova, pidiendo plata como de costumbre y se le acercó una mujer. Era bella, más que cualquiera de las mujeres que él haya visto en las óperas que él frecuentaba cuando tenía otro poder adquisitivo. Era bella, tenía el pelo dorado, la piel suave (no la tocó pero a simple vista se notaba una piel cuidada con los mejores tratamientos de belleza que existen, era una piel tersa, como la seda). Diego pensó que había muerto y en su borrachera pensó que veía un ángel. Era bella, si a mí me preguntan, puedo decir que su cara era perfecta: de rasgos finos, tez blanca y ojos verdes; y ni pensar de algún grano o alguna marca en la cara.

-Alguna vez fuiste un gran señor ¿Cierto Diego?
-¿Y eso a usted qué le importa?
-Se te nota, en tus gestos, no son de una persona cualquiera ¿conociste alguna vez a los Cousiño de Rancagua?
-Son mis hermanos.
-¿De verdad?
-Mejor váyase, si no me va a dar plata, mejor váyase.
-Yo soy Andrea Aguirre de Subercaseux.
-¿La esposa del Juanjo Subercaseux?
-La misma.
-Yo fui a su casamiento, fue hace como cinco años atrás, me acuerdo que llegué más cocido que botón de oro. Estuvo bueno por lo que me contaron.
-Bueno, fue mucha gente, de hecho ya ni me acuerdo quienes fueron o no, en fin ¿tú me acompañarías?
-¿adónde?
-Es que Juan José está hace dos meses en Europa, asuntos de la empresa, y de hecho no llegará hasta junio, tres meses más.
-¿Y?
-Y me siento sola.
-¿Tiene comida?
-Por supuesto.
-De acuerdo, Pero si no tiene comida me devuelvo.
-Es un trato.

Andrea tomó su auto y se dirigió hasta su parcela (bastante alejada de la ciudad), le dio de comer, le preparó la bañera para que se diera un baño. Cuarenta y cinco minutos estuvo Diego en el agua, siempre le gustaba quedarse largos ratos disfrutando de la bañera. Cuando estuvo limpio completamente, salió del agua, se puso una bata de baño que había en el baño y caminó hacia el living, donde lo esperaba Andrea con un Whisky.

-¿Y la servidumbre?- preguntó Diego.
-Tiene libre desde ayer- respondió ella levantándose de su guarida. Él en tanto dio medio paso atrás, lo que no sirvió de mucho. Ella le sacó la bata y besó su cuerpo a piacere para terminar en sus nalgas y en su pene. Lo besó con hambre, como si aquel falo tuviera el mejor sabor que ella jamás hubiera probado. Él descargó sus fuerzas en su boca, extasiado, hacía mucho que no le pasaba algo así y de hecho ya había perdido la esperanza respecto a las mujeres. Ella, en tanto, tragó el la leche seminal que había en su boca, fuera de control abrió las piernas y se sentó sobre él besando su boca. Ahí, en el diván. Diego continuaba creyendo que era un sueño… y siguió el juego. Luego de que ella explotó en un orgasmo sentada y mirando la cara estupefacta de Diego, blanca como el mármol y sus dientes increíblemente blancos como perlas; luego de un momento, él tomó la iniciativa. Lo volvieron a hacer de diversas formas. La confianza que construyeron fue algo indescriptible como instantáneo. Después de una hora y veinte minutos seguidos de un sexo hermoso, intenso y transgresor, ella estaba exhausta, ya no quería más. Como buen caballero que era Diego fue a la ducha nuevamente, se despidió de ella vestido con sus ropas habituales. Ya se debía ir.

- Andrea estuvo exquisito.
-Definitivamente, espero que no sea la última vez.
-Ya sabes donde encontrarme ¿no?- concluyó Diego.
-Por supuesto.

Sus pasos entre la oscuridad de la casa (ya era muy tarde) fueron derechos y normales, nada haría que el guardia lo acribillara con los doce tiros que lanzó contra un desarmado e inofensivo Diego Peñaloza. Por primera vez ella dejó de ser “siempre digna” y lloró sobre aquel pecho ensangrentado recordando que fue su única compañía de verdad, incluso desde los tiempos en que ella lo veía salir cuando él se iba a la Universidad, hacía más o menos siete años atrás.

¿Qué cómo sé todo esto? Bueno… me lo contó la señora Andrea antes echarme, mi nombre es Jorge Muñoz, ex guardia de seguridad, parapléjico luego de la golpiza que mandara a darme mi última empleadora.