octubre 11, 2007

Mundos distintos


Manuel Soto

Sintieron que hacía mucho tiempo que no se veían. La playa había sido un lugar perfecto para encontrarse. Él la vio en la lejanía y creyó que el sol, el aire salino la falta de agua y los tres días sin comer hacían que su vista lo traicionase. Cuando ella estuvo a su lado, su nariz le entregó un panorama completo de quien y cómo era. Ella tenía el pelaje claro, en extremo, casi blanco, igual que él, sólo que más largo. Cuando ella se acercó de los nervios se le cayó el trasero. Su enfermedad había avanzado un poco en el último tiempo. Se miraron, agitaron las caderas, y comenzaron a caminar juntos. No pasó mucho tiempo para que comenzaran con los juegos propios de ellos: saltaron, corrieron, se mordieron, se tiraron a la arena. Cuando ya hubieron caminado mucho rato por la playa, él comenzó a tomar el rumbo que le correspondía y se acercó a la calle, ella lo miró con recelo, él se acercó a ella y besó su nuca, ella tomó confianza e intentó cruzar la calle, sin mirar que venía la 4x4 de la alcaldesa. Ella voló como seis metros hacia delante ante los incrédulos ojos de su enamorado, el problema es que la alcaldesa no frenó y pasó por encima de ella con tal de llegar a tiempo a su reunión, él corrió pero sólo alcanzó llegar para lamer sus vísceras y para estar dos días completos sin comer ni tomar agua sólo por velarla en el mismo lugar donde ella murió.

Al otro día del accidente, el titular de primera plana del diario local sería:

Alcaldesa reconoce problema de sobrepoblación canina.

“Hay que buscar los mecanismos porque esto no puede seguir así”

“De hecho ayer choqué una perrita y a pesar de los esfuerzos veterinarios no sobrevivió” declaró afectada la autoridad.

octubre 01, 2007

Primera impresión



A Eduardo Lagos.

Me habían pagado. Poco hacía desde que estaba trabajando, pero había conseguido una estabilidad confiable. Esa estabilidad que te la entrega el ser soltero y libre además de no tener hijos que te chupen todo lo que ganas.

Las mujeres por lo pronto me interesaban, pero todas a la vez, sólo una a los veintitrés años me parecería un crimen cuya denominación técnica es matricidio y de los cuales había visto varios.

El hecho es que estaba saliendo de ese bar donde me gusta ir ya que el hecho de ir es deleitarse con lo mejor del espectro femenino local. Las horas extras habían dado sus frutos y esa noche iba a ser larga, aquella noche iba a convertir me en el dueño de la ciudad: Podría, si quería, manejar con alcohol en la sangre, orinar en la calle, tocar la nalga de mi invitada con potestad, aún cuando me bofeteara y se fuera.

-Que se joda, hay mejores y esta noche son todas para mí- pensaba ilusamente.

Quise seguir con mi frenética y larga noche con un par de líneas. El barman me dio el dato de una botillería que estaba a dos cuadras, según él definitivamente era pura y blanca como una monja. No pensé nada y decidí ir a pie para aprovechar de orinar en la calle como ya se me había hecho una costumbre.

-Dos cuadras son dos cuadras- y partí.

Era temprano, ninguno de mis amigos postizos había llegado aún al bar. La noche estaba exquisita, como para ponerla pies arriba. Estaba tibia pero había una fresca brisa que acariciaba la cara. Los escalofríos que entregaba el orinar contra alguno de los locales que a esa hora estaban cerrados se sentía con una sensación diferente, algo me pasaba que estaba intranquilo, tal vez por eso me habían dado ganas de jalar. Todo estaba distinto, las hojas de los árboles se movían raras, los autos estaban raros, se movían zigzagueante… Tal vez así se ve mi 206 cuando manejo en noches cuando tengo el descaro de manejar con trago.

Entre todas estas luces que daban vueltas y vueltas a un ritmo vertiginoso la vi. No era bonita, sólo podemos destacar que tenía un cuerpo generoso. No sé, algo me producía, quien sabe qué, algo esas vainas que no sabemos explicar porque están en una glándula del cerebro que se llama inconsciente o algo así. De todos modos creo que definitivamente servía para desistir de ir a comprar el mote… o tal vez se animaba a ir conmigo. No creo que tuviera más de dieciséis años, pero la miré, sin vergüenza ¿por qué habría de tenerla? Tan inocente no era como para andar a las tres de la mañana por el barrio Independencia de Santiago sola y con ese escote.

-¿Tení’ hora?- preguntó ella con una cierta cara de pícara que yo interpreté como coquetería.

-Sí, espera.

Intenté sacar el teléfono celular y cuando volví a levantar la vista, ella me apuntaba con un revólver.

-Ya galán, tiene que soltarme todo: toda la plata, wueas de valor y el celular.

En ese momento me sentí entre desorientado e imbécil. Me estaban asaltando, en mi ciudad, una mujer y encima una mujer menor de edad. Intenté controlar la situación valiéndome de los años que me aventajaban.

-O… Oye pero tranquila, mejor baja eso y conversemos.

-¡¡¡Cállate mierda y entrega toa’ la wuea!!!

Su determinación era inquebrantable, estaba con las dos piernas separadas a la altura de los hombros y me apuntaba con los brazos firmes, mantenía la distancia de cinco metros, me intenté acercar

-¡¡No te movai’ wueón o te dejo como colaor!!

-Pero para.

-Nada de “para” aquí, me entregai’ todo o te comí un plomo.

-Es que no te entrego nada

-¿Sí?

-Sí poh- me lancé sobre ella para quitarle el arma, pensando que ella no tendría la valentía de tirar del gatillo.

El disparo se escuchó a cuatro cuadras a la redonda, tres autos pasaron, dos de ellos se dieron cuenta de lo que pasó, sólo uno se detuvo para ayudarme: el que pasó cinco minutos después. En cuanto a ella, una vez que estuve en el suelo sollozando de miedo y dolor, se acercó riendo, sacó mi billetera, me pateó la cara, me escupió y se fue.

La herida parece ser grave, puedo ver la cara de desesperanza del doctor que le da la noticia a mi madre, ella llora sin consuelo…

Momento…

Yo estaba acostado en la camilla dentro de la otra sala…

(Manuel Soto)